viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 3


Salieron al pasillo y se dirigieron al ascensor con absoluto sigilo. Unas voces, surgidas de la nada, alertaron a Eric y a Demetria. Fueron en dirección contraria, es decir, por donde habían venido y echaron a correr sin hacer ruido. Aunque al final del camino, había una enfermera, más bien una cirujana, para detenerles. Les recibió con los brazos cruzados a la altura del pecho y con cara de pocos amigos. Demetria avanzó hacia el obstáculo en el camino y la habló con voz inocente:

-Madison, ¿Qué tal? ¿Has terminado ya tu turno?

-No me vengas con esas, Demetria, contestó enfadada. Tengo a medio hospital buscándote. ¿Se puede saber dónde te habías metido?

Ella le respondió con una simple sonrisa de niña pequeña, que marcaba sus hoyuelos. Madison se dirigió ahora al cómplice:

-Y tú, ¿Qué diablos haces que no estás en la cama? Tu médico ya tiene los resultados de tus pruebas. Vete a tu habitación que te están esperando.

-Sí, señora, respondieron al unísono.

Las voces que antes escucharon, se acercaban por el pasillo. Cuando les pusieron cara, descubrieron que eran dos internos, uno el médico de Eric y otro que se pasaba de vez en cuando para ver la evolución de Demetria.

-Vosotros dos, ya podíais estar menos de cháchara y haberlos encontrado antes.

-Lo sentimos, señora.

-Anda, llevaos a estos dos a sus respectivas habitaciones.

Les acompañaron, acatando las órdenes de la doctora. Por el camino, los prisioneros tan solo rieron en voz baja ante la tontería que acababan de hacer. Se separaron en la planta 2, pues las habitaciones estaban separadas por un extenso pasillo: en puntos extremos. Sam, el acompañante de la chica, la condujo hasta su cama y no se separó de ella hasta que estuvo bien tapada por la sábana verde enfermiza de ésta.

-Sam.

-Dime.

-¿Qué le pasa a Eric? Y no me mientas.

-Su cara está repleta de tumores, de ahí el color y el hinchazón.

-¿Y le van a operar?

-Es muy posible. Pero los padres tienen la última palabra.

-¿Es arriesgado?

Hizo una pausa y respondió, con un aire dramático:

-Mucho.

Tras la reveladora charla, Demetria decidió tomar cartas en el asunto. Era una metomentodo, pero tan sólo era por buena intención. Sam abandonó la habitación, tras ponerle claro la vía de suero, y ella aprovechó la soledad para pensar en lo que le iba a decir a su nuevo amigo. Pensaba en cómo convencerle, tanto a él como a sus padres, de que no se operara. Se decantó por exponerle su experiencia personal y concluirla con “La perfección no está al alcance de nadie”, “No hace falta ser guapo para ser feliz” o simplemente “Naciste así, afróntalo porque por algo será” o incluso “Tienes que tener un defecto de fábrica, porque sino serías perfecto”.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Capítulo 2


Cuando las pisadas en el infinito pasillo se silenciaron, abrió con cuidado la puerta y salió de la fría habitación y se dirigió a la sala en la que estaba aquel chico. Volvió a mirar a través del cristal y allí seguía sentado, con la mirada fija en el suelo. Demetria dio unos golpecitos en el vidrio que provocó que el paciente se girara hacia ella. Él al toparse con la mirada de la chica, la rehuyó dándole la espalda. Ella, harta de ser evitada por aquel desconocido, decidió entrar. Empujó la puerta despacio, para que no se sobresaltara y entró. Se acercó y cuando estuvo detrás de él, tan sólo le dio tiempo a rozarle el hombro porque se levantó y se fue a un rincón de la habitación, siempre con la cara cubierta.

-¡Oh, vamos!, se quejó ella, que no te voy a violar.

El otro ni se movió. Parecía una estatua.

-¿Hola? Cuando hablo espero que me respondan, prosiguió, después soltó un suspiro. Me llamo Demetria y estoy en la habitación 258. ¿Y tú eres…?

Ni un solo sonido salió del otro individuo.

-Oye, por algún casual no serás mudo ¿Verdad?

Una ligera carcajada salió de la boca del chico.

-Me lo tomaré como un no… Bueno, creo que no quieres compañía, me marcho.

De pronto unas pisadas empezaron a sonar en el pasillo. No podía salir, había un médico cerca. Miró el cuarto buscando un escondite. ¡La sala de las pantallas! Fue corriendo, casi derrapando por el suelo de mármol blanco y entró en su cobijo. El médico hizo su aparición y se llevó al chico de la sala, aunque no sin cerrar con llave la sala en la que se encontraba Demetria. Ella se asomó por el cristal del cuarto en el que se encontraba y vio clavada en ella los ojos del paciente. Ahora podía ver con claridad su cara, pues la iluminación del pasillo era mejor: estaba muy, muy roja, tenía bultos pero no como los había visto antes, sino mucho más acentuados y grandes. Además apenas se podían ver sus ojos pues parecían comidos por aquella enfermedad pero él estaba sonriendo. Con una pequeña sonrisa pícara. Se reía de la situación en la que se había metido ella. Aunque a ella no le hacía ni pizca de gracia. Cuando se quedó sola, intentó abrir pero fue en vano: el pomo no giraba. Intentó forzar la cerradura pero no lo consiguió. Cuando se dio por vencida, se sentó en la silla en la que estaba anteriormente el médico y esperó. No había ningún entretenimiento cerca… salvo dar vueltas en la silla. De repente una sombra se reflejó en el suelo del pasillo. Empezó a aporrear la puerta. Esa media hora sola no le había sentado nada bien y no estaba dispuesta a esperar ni un minuto más. Una figura alta y delgada apareció y algo le resultó familiar en ella: la cara hinchada y colorada. Entró en la sala y abrió con la llave que llevaba en la mano el cuarto oscuro en el que estaba Demetria.

-Vaya, gracias caballero de la bata de hospital, dijo.

-Eric. Un placer.

-Anda, Eric, vámonos, que ya me has hecho esperar bastante.

Se llevó el dedo a los labios o eso parecía pues, esa zona era del mismo color del resto de la cara.

martes, 27 de noviembre de 2012

Capítulo 1


Demetria observaba el techo de su habitación que, al igual que las paredes, era de color crema con un toque enfermizo. El aburrimiento se cernía sobre ella como un enorme muro de ladrillos. Tarareaba una leve canción pero no la entretenía. Sopló para destacar aún más la  monotonía del momento. Dio vueltas en la cama pero sin libertad pues una vía de suero llegaba hasta su vena y soltaba ese transparente líquido hora tras hora desde su llegada al hospital. Harta ya de esperar en su cama, decidió salir del cuarto tan sólo por un rato. Con determinación retiró la aguja que le atravesaba la piel del brazo y al tenerla en la mano la miró con asco: jamás le habían gustado las agujas y menos las que se hundían en su cuerpo. Tras tirarla en su cama se adecentó el uniforme, como solía llamarlo ella y salió por la puerta. Fuera, tan sólo había hombres con pijamas de colores, sobre todo azules, con batas blancas tan largas que llegaban a las rodillas, mujeres que iban de un lado para otro con enormes cuadernos llenos de hojas y como no, camillas que corrían por el pasillo, siempre con algún pasajero. Ella ya estaba acostumbrada a todo ese jaleo ya que lo veía desde hacía casi un año. Ese día decidió ir a la planta de pruebas, es decir, la tercera. Cogió un ascensor vacío y llegó a su destino sin ser descubierta por ningún médico. Se paseó como en su casa, asomándose a cada sala. Por desgracia para ella, todas estaban aparentemente vacías, no había nada que cotillear. Pero en una del final del pasillo vio que no estaba deshabitada. Había tres personas: el médico de azul, una mujer de mediana edad vestida con ropa de calle y alguien más. No lograba ver la cara de la tercera persona, tan sólo su pelo rubio. Los identificados dejaron al tercero en la camilla que había en la sala. La mujer salió y tras dedicarle una ligera sonrisa desapareció en el pasillo. El médico tocaba algunos de los botones que tenía en frente y observaba con atención unas pantallas. La camilla del paciente se deslizó y entró en una especie de esfera que iluminaba su uniforme con una luz azul. Al poco tiempo la superficie volvió donde estaba antes y el paciente se levantó con ayuda del médico que salió de la oscura habitación de los botones. En ese preciso momento, pudo ver la cara del desconocido. Era un chico adolescente, más o menos como ella, pero ella no se pudo fijar en nada más que en su cara. No era una cara normal. Estaba hinchada, rojiza, con unos bultos que salían por cada poro. Demetria se sorprendió, se sorprendió mucho. Se quedó mirándole sin pestañear, con la boca levemente abierta, no podía evitarlo, no era algo muy común. De repente los ojos del chico se fijaron en ella y al darse cuenta de que le contemplaba retiró la mirada rápidamente y la clavó en el suelo. El médico se dispuso a salir del cuarto y Demetria no tuvo más remedio que esconderse en la sala de al lado. No podía permitir que la pillaran.