Demetria observaba el techo de su habitación
que, al igual que las paredes, era de color crema con un toque enfermizo. El
aburrimiento se cernía sobre ella como un enorme muro de ladrillos. Tarareaba
una leve canción pero no la entretenía. Sopló para destacar aún más la monotonía del momento. Dio vueltas en la cama
pero sin libertad pues una vía de suero llegaba hasta su vena y soltaba ese
transparente líquido hora tras hora desde su llegada al hospital. Harta ya de
esperar en su cama, decidió salir del cuarto tan sólo por un rato. Con
determinación retiró la aguja que le atravesaba la piel del brazo y al tenerla
en la mano la miró con asco: jamás le habían gustado las agujas y menos las que
se hundían en su cuerpo. Tras tirarla en su cama se adecentó el uniforme, como
solía llamarlo ella y salió por la puerta. Fuera, tan sólo había hombres con
pijamas de colores, sobre todo azules, con batas blancas tan largas que
llegaban a las rodillas, mujeres que iban de un lado para otro con enormes
cuadernos llenos de hojas y como no, camillas que corrían por el pasillo,
siempre con algún pasajero. Ella ya estaba acostumbrada a todo ese jaleo ya que
lo veía desde hacía casi un año. Ese día decidió ir a la planta de pruebas, es
decir, la tercera. Cogió un ascensor vacío y llegó a su destino sin ser
descubierta por ningún médico. Se paseó como en su casa, asomándose a cada
sala. Por desgracia para ella, todas estaban aparentemente vacías, no había
nada que cotillear. Pero en una del final del pasillo vio que no estaba
deshabitada. Había tres personas: el médico de azul, una mujer de mediana edad
vestida con ropa de calle y alguien más. No lograba ver la cara de la tercera
persona, tan sólo su pelo rubio. Los identificados dejaron al tercero en la
camilla que había en la sala. La mujer salió y tras dedicarle una ligera
sonrisa desapareció en el pasillo. El médico tocaba algunos de los botones que
tenía en frente y observaba con atención unas pantallas. La camilla del
paciente se deslizó y entró en una especie de esfera que iluminaba su uniforme
con una luz azul. Al poco tiempo la superficie volvió donde estaba antes y el
paciente se levantó con ayuda del médico que salió de la oscura habitación de
los botones. En ese preciso momento, pudo ver la cara del desconocido. Era un
chico adolescente, más o menos como ella, pero ella no se pudo fijar en nada
más que en su cara. No era una cara normal. Estaba hinchada, rojiza, con unos
bultos que salían por cada poro. Demetria se sorprendió, se sorprendió mucho.
Se quedó mirándole sin pestañear, con la boca levemente abierta, no podía
evitarlo, no era algo muy común. De repente los ojos del chico se fijaron en
ella y al darse cuenta de que le contemplaba retiró la mirada rápidamente y la
clavó en el suelo. El médico se dispuso a salir del cuarto y Demetria no tuvo
más remedio que esconderse en la sala de al lado. No podía permitir que la
pillaran.

No hay comentarios:
Publicar un comentario