martes, 27 de noviembre de 2012

Capítulo 1


Demetria observaba el techo de su habitación que, al igual que las paredes, era de color crema con un toque enfermizo. El aburrimiento se cernía sobre ella como un enorme muro de ladrillos. Tarareaba una leve canción pero no la entretenía. Sopló para destacar aún más la  monotonía del momento. Dio vueltas en la cama pero sin libertad pues una vía de suero llegaba hasta su vena y soltaba ese transparente líquido hora tras hora desde su llegada al hospital. Harta ya de esperar en su cama, decidió salir del cuarto tan sólo por un rato. Con determinación retiró la aguja que le atravesaba la piel del brazo y al tenerla en la mano la miró con asco: jamás le habían gustado las agujas y menos las que se hundían en su cuerpo. Tras tirarla en su cama se adecentó el uniforme, como solía llamarlo ella y salió por la puerta. Fuera, tan sólo había hombres con pijamas de colores, sobre todo azules, con batas blancas tan largas que llegaban a las rodillas, mujeres que iban de un lado para otro con enormes cuadernos llenos de hojas y como no, camillas que corrían por el pasillo, siempre con algún pasajero. Ella ya estaba acostumbrada a todo ese jaleo ya que lo veía desde hacía casi un año. Ese día decidió ir a la planta de pruebas, es decir, la tercera. Cogió un ascensor vacío y llegó a su destino sin ser descubierta por ningún médico. Se paseó como en su casa, asomándose a cada sala. Por desgracia para ella, todas estaban aparentemente vacías, no había nada que cotillear. Pero en una del final del pasillo vio que no estaba deshabitada. Había tres personas: el médico de azul, una mujer de mediana edad vestida con ropa de calle y alguien más. No lograba ver la cara de la tercera persona, tan sólo su pelo rubio. Los identificados dejaron al tercero en la camilla que había en la sala. La mujer salió y tras dedicarle una ligera sonrisa desapareció en el pasillo. El médico tocaba algunos de los botones que tenía en frente y observaba con atención unas pantallas. La camilla del paciente se deslizó y entró en una especie de esfera que iluminaba su uniforme con una luz azul. Al poco tiempo la superficie volvió donde estaba antes y el paciente se levantó con ayuda del médico que salió de la oscura habitación de los botones. En ese preciso momento, pudo ver la cara del desconocido. Era un chico adolescente, más o menos como ella, pero ella no se pudo fijar en nada más que en su cara. No era una cara normal. Estaba hinchada, rojiza, con unos bultos que salían por cada poro. Demetria se sorprendió, se sorprendió mucho. Se quedó mirándole sin pestañear, con la boca levemente abierta, no podía evitarlo, no era algo muy común. De repente los ojos del chico se fijaron en ella y al darse cuenta de que le contemplaba retiró la mirada rápidamente y la clavó en el suelo. El médico se dispuso a salir del cuarto y Demetria no tuvo más remedio que esconderse en la sala de al lado. No podía permitir que la pillaran.
 
 

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