Cuando las pisadas en el infinito pasillo se
silenciaron, abrió con cuidado la puerta y salió de la fría habitación y se
dirigió a la sala en la que estaba aquel chico. Volvió a mirar a través del
cristal y allí seguía sentado, con la mirada fija en el suelo. Demetria dio
unos golpecitos en el vidrio que provocó que el paciente se girara hacia ella. Él
al toparse con la mirada de la chica, la rehuyó dándole la espalda. Ella, harta
de ser evitada por aquel desconocido, decidió entrar. Empujó la puerta despacio,
para que no se sobresaltara y entró. Se acercó y cuando estuvo detrás de él, tan
sólo le dio tiempo a rozarle el hombro porque se levantó y se fue a un rincón
de la habitación, siempre con la cara cubierta.
-¡Oh, vamos!, se quejó ella, que no te voy a
violar.
El otro ni se movió. Parecía una estatua.
-¿Hola? Cuando hablo espero que me respondan,
prosiguió, después soltó un suspiro. Me llamo Demetria y estoy en la habitación
258. ¿Y tú eres…?
Ni un solo sonido salió del otro individuo.
-Oye, por algún casual no serás mudo ¿Verdad?
Una ligera carcajada salió de la boca del
chico.
-Me lo tomaré como un no… Bueno, creo que no
quieres compañía, me marcho.
De pronto unas pisadas empezaron a sonar en
el pasillo. No podía salir, había un médico cerca. Miró el cuarto buscando un
escondite. ¡La sala de las pantallas! Fue corriendo, casi derrapando por el
suelo de mármol blanco y entró en su cobijo. El médico hizo su aparición y se
llevó al chico de la sala, aunque no sin cerrar con llave la sala en la que se
encontraba Demetria. Ella se asomó por el cristal del cuarto en el que se
encontraba y vio clavada en ella los ojos del paciente. Ahora podía ver con
claridad su cara, pues la iluminación del pasillo era mejor: estaba muy, muy roja,
tenía bultos pero no como los había visto antes, sino mucho más acentuados y
grandes. Además apenas se podían ver sus ojos pues parecían comidos por aquella
enfermedad pero él estaba sonriendo. Con una pequeña sonrisa pícara. Se reía de
la situación en la que se había metido ella. Aunque a ella no le hacía ni pizca
de gracia. Cuando se quedó sola, intentó abrir pero fue en vano: el pomo no
giraba. Intentó forzar la cerradura pero no lo consiguió. Cuando se dio por
vencida, se sentó en la silla en la que estaba anteriormente el médico y
esperó. No había ningún entretenimiento cerca… salvo dar vueltas en la silla. De
repente una sombra se reflejó en el suelo del pasillo. Empezó a aporrear la puerta.
Esa media hora sola no le había sentado nada bien y no estaba dispuesta a
esperar ni un minuto más. Una figura alta y delgada apareció y algo le resultó
familiar en ella: la cara hinchada y colorada. Entró en la sala y abrió con la
llave que llevaba en la mano el cuarto oscuro en el que estaba Demetria.
-Vaya, gracias caballero de la bata de
hospital, dijo.
-Eric. Un placer.
-Anda, Eric, vámonos, que ya me has hecho
esperar bastante.
Se llevó el dedo a los labios o eso parecía
pues, esa zona era del mismo color del resto de la cara.

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